MEDIR LA INTELIGENCIA EN EL AUTISMO Por Kerry
Magro. Traducido por Carmen Rincón.
Últimamente
he recibido varias llamadas de padres que querían hablar conmigo sobre mi
finalización del Máster en Estrategias de Comunicación en Seton Hall en New
Jersey. Aunque la ceremonia de graduación no tendrá lugar hasta mayo, es un
gran alivio para toda mi familia, que ha estado a mi lado en este duro viaje
desde que fui diagnosticado a la edad de 4 años. Mi mirada hacia el futuro
provoca una mirada hacia mi pasado: ¿Quién habría podido predecir dónde iba a
terminar yo hoy?
Me
pregunto si las pruebas que me hicieron y mi diagnóstico temprano habrían
podido predecir este resultado. Es verdad que todos nos esforzamos cuando vemos
que hay posibilidades. A menudo creemos que si trabajamos más y dedicamos un
mayor esfuerzo a algo, todo saldrá bien. Un día me estremeció un comentario que
mi madre escuchó a un abogado que representaba a un niño de educación especial.
El abogado preguntó a los padres de un niño con Trastorno del Espectro
del Autismo, cuáles creían en realidad que iban a ser los resultados que
alcanzara su hijo. Ciertas deducciones hacían pensar que un niño con T.E.A.
solo podría progresar hasta cierto punto con este diagnóstico, entonces ¿qué
esperaban?
Esto
me llevó a un debate sobre mi diagnóstico temprano. Cuando me diagnosticaron
por primera vez hice una test de inteligencia. El test se dividía en diferentes
categorías basadas en el rendimiento, resultando en un “coeficiente de
inteligencia” (IQ). El coeficiente medio se considera 100. Un coeficiente mayor
de 145 se considera a menudo representativo de un genio mientras que uno por
debajo de 70 implica discapacidad intelectual. Tras hacer el test recibí un
coeficiente de 54, que me clasificaba como “severamente discapacitado”.
Ahora
mucha gente dice que los niños pequeños no pueden ser evaluados con precisión y
aquello fue un factor definitivo para mí. Mi madre escribió en su diario que el
día que vio aquel número que equivalía a discapacidad intelectual fue uno de
los más duros de su vida. Había contemplado el hecho de que su único hijo no
podía ser más que inteligente pero aquel número atestiguaba una realidad muy
diferente.
Este
número surgió de nuevo hace poco debido a que, tras terminar mi Máster me
enteré de que recibí una nota media de 3.8 sobre 4.0 con distinción.
Si
solo extrajera una moraleja de esta historia, diría que no puedes juzgar un
libro por sus números, especialmente si el libro tiene autismo. La mayoría de
adultos con los que me he encontrado hoy y que están por ahí desempeñando un
trabajo manifiestan su odio por los tests, cada vez más frecuentes, y no puedo
culparles.
Parece
que hoy en día la mayoría de tests no son precisamente amables con las personas
que tienen autismo. Pensad en cuántos tests estandarizados se están
distribuyendo en la actualidad. ¿Qué significa “estándar” para una persona con
autismo?
Debo
expresar lo afortunado que he sido por recibir los apoyos que recibí mientras
crecía. Puede que no haya sido nunca capaz de destacar entre mis compañeros en
los tests pero esto no me ha detenido para poder llegar a donde estoy ahora.
La
respuesta de mi madre a los padres que he mencionado antes fue hacer una
llamada a su hijo Kerry y decirles que será un placer para mí darles mi
testimonio basado en mi experiencia de que un diagnóstico de autismo no es
sinónimo de fracaso. Después de todo, si yo pude graduarme con distinción en mi
Máster tras una evaluación inicial de mi coeficiente de inteligencia de 54, nadie
debería permitir que las etiquetas o los estereotipos en la competencia
educativa influyan en las oportunidades que se ofrecen a un adulto con autismo.
Todos
en nuestra comunidad necesitamos echar abajo los estereotipos creyendo en
nuestras posibilidades, en nuestras capacidades, y con un poco de suerte, los
adultos con autismo recibiremos financiación para conseguir oportunidades de
trabajo, servicios y alojamiento.
Kerry
Magro (Joven con Autismo, activista y defensor de los derechos de las personas
con Autismo)